sábado, 28 de julio de 2007

Un cuentecito

La princesa se deslizó por el corredor oscuro y frío con la luz de las antorchas iluminándole su pálida carita de niña.
La guerra había terminado después de seis meses y todo estaba en calma.
Llegó casi de puntillas a la puerta del primer caballero y notó que ésta estaba cerrada pero no como de costumbre. Empujó con fuerza y logró abrirla.
Los candelabros todavía sostenían la llama de las velas dando luz al rostro de aquel hombre, que permaneció inmóvil. Dormía. Ella lo miró, y se dió cuenta al instante que su gesto era tranquilo, de sosiego, que reflejaba una felicidad desconocida para ella.
No pudo quedarse, se dió media vuelta y echó a correr.
Llovía todavía en esa época del año, pero aún así salió fuera, ordenó que abrieran la puerta de hierro, pero no le hicieron caso. Como pudo convenció al guardián de que volvería, que sólo buscaba algo que se le había perdido y que era sorpresa para el Rey. El guarda ante su desesperacón y la visión de la muchacha en su camisón blanco y mojado, marcando al trasluz las líneas de su cuerpo, no pudo negarle el favor que le pedía.
Logró salir. Sólo sentía que necesitaba correr, ir tan lejos como pudiera. Su cabello se empapaba a cada paso llegando a no saber si lo que corría por sus mejillas era la lluvia o sus propias lágrimas.
El suelo estaba frío pero no lo notaba. Sus pies se llenaban de heridas. Seguía corriendo más y más. No había luna.
En ese momento se quedó sin bosque y el suelo resbalaba del barro. Y siguió corriendo hasta que la boca le supo a sangre. Entonces cayó al suelo, de rodillas.Y levantando la cabeza al cielo el corazón dio su último latido.
Fue en ese breve instante cuando se dió cuenta, que su amado, con quién soñaba, era con ella...

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